Sin reservas.

11 Mar

Chupaba mis dedos y yo me mojaba en un segundo. No hay más hombres así, pensaba y sigo pensando. Odio las despedidas, más que cuando era niña.

No siempre soy capaz de soltar lo que tengo entre las manos. A veces, pongo atención a una piedra que traje del mar. Tomo mi piedra, la dejo caer, la levanto y de nuevo. Muchas veces. Si no hace mucho calor, lleno globos de helio y voy a soltarlos… a mitad del cerro, hasta perderlos de vista. Soltar es casi todo lo que se necesita en la existencia.

Me gusta el humo del cigarro porque permanece aunque se vaya. Prendo cigarros, uno, diez, cien. No hay calma. La primera vez que nos vimos, juntamos treinta Delicados en la banqueta y los prendimos todos juntos, hasta que se consumieron. Sonaba Blue train de Coltrane; no es novedad, casi siempre Coltrane.

Antes de subirse al autobús, besó mis manos con todo el tiempo del mundo. Se quedó un mes en mi casa. Cocinaba y pintaba; yo iba a trabajar. Me gustaba su juego de la quiromancia: decía todo lo que sabía de mí, que era nada, adivinando el pasado. Decíamos la misma cosa al mismo tiempo, pensábamos en un ritmo similar.

Yo miraba su rostro y sentía la dilatación de mis pupilas. Cuando llegaba de mi oficina, él ya tenía la mesa servida. Un mes de buena comida y de buena vida, en general. Me excitaba la estructura de su cara, su voz metálica y, cuando nos separábamos, me excitaba su ausencia.

No hay hombres así; no van por la calle, no hacen el súper, no se sientan a conversar en el café. Nos gusta la gente. Hacemos ciudad de una forma parecida. Caminábamos por el centro y pasamos por una funeraria. ¿Hace cuánto que no eres compasiva?, me preguntó. Entramos a dar el pésame a los amigos y familiares de una señora a quien estaban velando. Abrazamos desconocidos. Este mundo de mierda no tiene más hombres de ese tipo.

Una noche tuve un orgasmo mientras me contaba no sé qué historias de los pictogramas sumerios, mirándome a los ojos. Yo no soportaba la intensidad ni la belleza de sus ojos.

Cuando se subió al autobús, besó mis manos. Me puse los lentes de sol, aunque era de madrugada. No lloré. El día anterior había dejado flores nuevas en el jarrón y apuntó una frase en la pared de mi cocina: “Mi abrazo es la esperanza sin reservas”. Su caligrafía me recordaba escarabajitos negros o escorpiones, dependiendo del ángulo.

La luz del sábado sobre el desayunador calentó la mesa y derritió una barrita de mantequilla. Mi casa era una fiesta, hasta que se fue. Días después hablamos y me dijo que revisara el cajón del escritorio. Me había dejado treinta acuarelas de regalo.

Odio la central de autobuses. Tengo ganas de desaparecer para ir tras él, hasta que pase algo. Sin reservas.

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