Carne.

12 Mar

Yo quiero mucho a los animales, pero siempre me los he comido. Al principio, sólo era leche materna, luego leche de vaca, después papillas de pollo y síguele.

En la casa de los abuelos había gallinas pero nuestra relación fue insatisfactoria porque me trataron como si yo fuera su costal de granos. Enorme diferencia con el cotorro, que me decía los piropos más bonitos del mundo. También conviví con peces, tortugas, cangrejos, víboras, patos, dos tarántulas, gansos, ratas, un chivo y un cerdo. Mi idea del cerdo no es la idea común del cerdo rosa, sino la del cerdo negro, porque así era el primero que vi.

Una mañana de la infancia me persiguió un pelícano en el aviario y, por un pelito, mi cabeza quedaba atrapada adentro de la bolsa bajo su pico. Siempre he sentido compasión por los cabritos expuestos tras los cristales de los restaurantes: cada que los veo me acuerdo de Cristo crucificado y, de pronto, me dan ganas de afiliarme a alguna religión.

Desde nuestra animalidad, qué diferencia existe entre comerse a un fulano o a la cría de un caprino. El asunto es que ahora recordé que mi vecino se peleó con Don Gera porque ya estaba harto de su gallo que cantaba temprano. El vecino se armó de valor y, antes de salir el sol, le disparó al animalito con una pistola de postas. Son enemigos acérrimos, de esos que se escupen cuando se ven.

Últimamente siento náuseas cuando como carne, hace dos semanas vomité luego de un bisteck y en navidad lloré cuando vi los pavos congelados del súper.

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