Domenico.

18 Abr

Seis días después, llegamos juntos al hotel, a las diez de la mañana. Nos conocimos en un viaje que aún sucede en la memoria. Como siempre que voy a otra ciudad, hice mi ritual de cortarme el cabello. Camino por las calles y entro en la estética más concurrida para conversar con clientes y estilistas. Domenico, el hombre más guapo que he visto, estaba allí, esperando su turno. A mí me cortaron las puntas quemadas y me hicieron flecos. Cuando llevo flecos recuerdo mi infancia de atardeceres rojos, sauces llorones y olor a tierra mojada. En el patio de los abuelos había plantas exuberantes todo el año. Yo conocí la belleza adentro de unas flores que parecen campanas brevísimas. Domenico, que era hermoso como la niiñez, también estaba de visita en la ciudad. Nos cambiamos al mismo hotel y anduvimos juntos dos días. Ahora me gusta caminar la ciudad sólo por recordar esos paseos con Domenico. Unos argentinos nos invitaron a su viaje por las cercanías y nos acompañamos. Anduvimos por los pueblos, preguntando las historias de cada iglesia y cada callejón, tomando fotografías de nuestras sombras, charlando con las viejas en los mercados, contando los perros callejeros y diciéndonos secretos. Las maletas se habían quedado en el hotel, pero nada nos faltaba. Terminamos el viaje un domingo de mucho calor. Yo regresé a casa con el corazón nuevo. No volví a saber de Domenico. A veces creo que fue un episodio que inventé cuando era niña, en los veranos soporíferos de la ciudad.

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