Dos horas de jueves

8 Jun

El jueves estaba aburrida, limpiando la casa en calzones. El polvo del librero me causó una dermatitis alérgica que se me quitó con antihistamínicos hasta el mediodía. Rompí una escoba, me acabé la tela absorbente y usé cinco litros de limpiadores. No soy obsesiva. Trataba de ocuparme para no pensar en Carlos, que me había enloquecido en la mañana con una llamada telefónica desde el otro lado del país.

Tiene el poder de desequilibrarme justo cuando estoy a punto de olvidarlo. Me dijo que vendrá en agosto, que planea quedarse y que me traerá un arcón antiguo de los que me gustan. Cada vez que Carlos me llama, limpio la casa con minuciosidad, camino diez kilómetros y soy capaz de cocinar para cuarenta personas. El tipo de hombre que me saca de quicio. Los únicos a los que puedo amar. Por Carlos hago lo que sea.

Cuando vi el piso reluciente y la ropa doblada, le mandé un mensaje a Néstor, que una vez me dijo que quería casarse conmigo. Nos conocimos el año pasado en una función de documentales en la Cineteca. Esa noche hacía un frío del carajo y lloviznaba y la neblina cortaba el camino a un metro. Nos abrazamos porque íbamos solos. Me agradan quienes no necesitan compañía: nunca me pedirán más de lo que puedo dar.

Néstor me contestó en diez segundos. Fuimos a comer. Tiene una forma muy elegante de tomar los cubiertos. Es cuidadoso con sus modales y me encanta el tono íntimo de su voz metálica. Me platicó las manías de Lars Von Trier y me habló de “Mazeppa”, un filme en el que Miguel Bosé actúa como Géricault. Conversamos dos horas acerca de la locura y los caballos y después fuimos a su departamento. No tiene perros ni gatos. Sinónimo: desconfianza.

Con las prisas de la limpieza, nomás me había depilado la pierna derecha. Me di cuenta cuando nos estábamos besando en su cochera. No quería que tocara mis púas terribles. Inventé una historia para salir a comprar un rastrillo y rasurarme en el baño, sin que se enterara.

Cuando estaba pagando en la tienda, se escuchó un estruendo. Pensé que era un granadazo, pero sólo había explotado la llanta de una camioneta. Platiqué unos diez minutos con los vecinos asustados. Regresé al departamento con mi Gillette rosa, cervezas y palomitas de microhondas. Néstor se había ido. Dejó mi bolso en su cochera y una nota que decía: “Disculpa, tuve que ir a la oficina con urgencia. Te mando mensaje más tarde.”

Me fui al cine. Vi una de esas películas estúpidas de Hollywood. Sonó una notificación de Facebook: Maurice quería un café y le dije que otra noche. Me la pasé llorando dos horas, sin pedir nada a nadie. A Néstor ya no lo volveré a ver. A Carlos lo voy a esperar siempre.

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Una respuesta to “Dos horas de jueves”

  1. Antonio Malpica 8 junio, 2013 a 11:05 am #

    No tengo ni idea de porque me ha causado una tristeza infinita leerlo, pero me la ha causado…

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