De cine y prostitutas

1 Jul

La primera vez que asistimos fue hace quince años. Estaba recién inaugurada. En Fundidora no había luz ni estacionamientos ni árboles ni nada. Era como un planeta abandonado. Pura tierra suelta y naves de fundición llenas de fantasmas extraterrestres. Quizá era otoño. Llegamos empapados a la función porque se vino un aguacero repentino y no había sitio para guarecerse. Antes iba más que ahora. Historias de Cineteca.

Ayer fui a la proyección de “La gloria de las prostitutas”, del cineasta austriaco Michael Glawogger. La chica a mi lado fue la comentarista oficial de la función, mostrando sensibilidad e inteligencia con su monólogo estilo “Ah, qué putas”, ¡Guácala!, ¡Pinche vieja asquerosa, güey!, ¡O sea, qué le pasa con esa cara!, ¡Cómo puede ser puta con esas estrías! Si las personas no quieren ver historias de prostitutas, no deberían ir a ver documentales acerca de prostitutas. La chica debió quedarse en casa, disfrutando sus imitadores de Televisa.

¿Qué le haremos a la gente que conversa? Tengo imaginación y muchas propuestas sádicas. Debo comprar un detector de espectadores platicadores y pendejazos. Detesto las tertulias en esas circunstancias. ¡Que no vayan al cine por convivir!

“La gloria de las prostitutas” es un tríptico con historias de prostitución en tres zonas rojas del mundo.

De Bangkok, Tailandia, se muestra un acuario: mujeres hermosas detrás de un cristal esperando que los hombres las elijan desde una cómoda sala. En la sala hay sillas, mesas, música moderna. Los clientes miran y deciden el producto que van a consumir. Pagan en caja, se meten a un elevador con su prostituta y entran a una habitación de hotel, elegante y bella.

De Faridpur, Bangladesh, cuentan historias de una casa sucia y paupérrima, llena de cuartitos diminutos, entre sórdidas callejuelas. “¿Por qué sufrimos tanto las mujeres? ¿Acaso no hay otro camino para nosotras?”, se pregunta ante la cámara una chica, con la expresión más triste y desoladora que he visto.

De Reynosa, Tamaulipas, observamos una zona de cuartos a la que los clientes entran en sus coches, pagando en una caseta. Las calles están llenas de lodo. Parece que hace mucho frío. Las mujeres están en las puertas de sus cuartos, casi desnudas. La cámara se sube a la camioneta de un cliente, gordo y feo y orgulloso de comprar mujeres.

Los espectadores se reían mucho en la última parte del tríptico. Soltaban sonoras carcajadas cuando las prostitutas que daban testimonio decían “verga”, “chiquitear”, “culo”, “mamada”, “tetas”, “puta”, “coger”, “de perrito” y así. Recordé esa etapa de la infancia en la que buscábamos groserías en el diccionario, una y otra vez.

Yo pensando en violencia, dolor, despojos, desigualdad, violación a los Derechos Humanos, trata, los secuestros, pornografía infantil, esclavitud sexual y demás.

Monterrey tiene sentido del humor marca Chavana. Comprobado: la mayoría de los regios se ríen hasta cuando los están matando. Comprendo que, ante la desgracia, la tragedia y la atrocidad, la risa es una puerta de salida…

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