Los lectores, esas extrañas criaturas

5 Jul

Anoche estaba pensando en mis amigos. Casi todos leen. He observado, al menos, tres tipos de lectores y quiero reseñar sus respectivas manías.

Saben que existen los libros y que hay algo interesante en la lectura. Tienen curiosidad y la curiosidad es el comienzo de una cadena de grandes ideas, acciones y reacciones. Escucharon que existe el placer, el gozo, el hallazgo de territorios libres en los cuales pueden encontrar historias que los entretengan, que los saquen de su cómodo sitio, que los acerquen a experiencias que otros han vivido, real o imaginariamente. Los lectores iniciales leen diversos tipos de textos en Internet, leen revistas, cómics y materiales breves que los seducen. Quieren conocen más autores y más estilos. Con mucha suerte, los lectores iniciales continuarán en el camino hacia los libros. ¡Ya fueron mordidos por el vampiro! Seguirán en la búsqueda, si es que no tropiezan con las mismas piedras: la flojera, el desinterés, un novio que les quite mucho tiempo, un perro aprehensivo, la diversión de los casinos, los programas de televisión, los juegos electrónicos o los distractores de millones de vicios.

Ya pasaron una carrera de obstáculos. Salieron victoriosos de todas las molestas interrupciones del mundo ante el gozo de la lectura. Los lectores medios ya son ganadores. Han leído libros completos. Saben nombres de más de diez, treinta, cincuenta autores. Usan lo que aprendieron leyendo en cosas de la vida cotidiana. Por ejemplo, tratan de ligar recitando algunos versos de Alí Chumacero. “Cuando aún no había flores en las sendas / porque las sendas no eran ni las flores estaban; / cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas, / ya éramos tú y yo.” Oh, el amor. Ante la poesía, el amor cae rendido y el lector también. Los lectores medios son buenos en las conversaciones, saben muchas palabras, defienden sus ideas con visión crítica del mundo y, gracias a la lectura, están ocupados en la construcción de una identidad propia y una visión de la vida y la existencia. Tienen unos cuantos libros, apilados sobre la mesa, todavía sin mucho orden.

Los lectores avanzados son peligrosos para sí mismos. Las editoriales, las grandes y las recién nacidas, los aman y les hacen reverencias. Son capaces de gastar el ochenta por ciento de su quincena en libros y otro tipo de obras artísticas, aunque el resto del mes su dieta consista en taquitos de sal; o nomás de sal, porque el kilo de tortillas cuesta catorce pesos y prefieren ahorrar para comprar “Palinuro de México”, de Fernando del Paso. Se toman fotos con sus autores favoritos y las suben a Facebook, llenando sus muros de Likes. Estos extraños personajes tienen una biblioteca propia, con libreros bonitos sin polvo y, normalmente, prestan libros que casi nunca regresan. Leen en la escuela, en horarios fijos, los domingos aburridos. Leen en el transporte público, enfrentando el riesgo de desprendimiento de retina o de terminar en el otro extremo de la ciudad, por traer las narices metidas en el escote de Lolita y pasarse de su parada habitual. Leen en la noche, en el parque, en el metro, en el café. A veces sueñan que se van de paseo con Franz Kakfa y Sasha Grey a Ciudad Gótica o que toman un trago con García Márquez, Las Meninas y El Joven Manos de Tijeras.

Todos los lectores son un encanto. Menos los que no.

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