Donde viven los libros

6 Jul

Yo me he preguntado ¿dónde viven los libros? Me respondo, al menos, lo siguiente.

El libro es el rey en el ámbito académico y en el ámbito cultural. El hábitat normal de las prácticas lectoras son las primarias, las secundarias, las universidades, las bibliotecas, los talleres, los clubs y los círculos de lectura, los centros culturales e incluso, y aunque parezca raro, las iglesias. Los mediadores entre los materiales escritos y los lectores son los maestros, los promotores de lectura, los cuentacuentos, los talleristas, los bibliotecarios, los libreros, los escritores valientes, los gestores culturales, entre otros. La experiencia nos dice la verdad: en los espacios convencionales hay muchos problemas para que la lectura nazca, se desarrolle y se reproduzca; normalmente, sólo muere.

Por fortuna, la lectura está viva y a salvo en los espacios íntimos. En la mañana, antes del café, los lectores extienden la mano y toman un libro. Se desperezan, reacomodan la almohada, disponen las sábanas y se pierden entre las líneas de Rayuela. En la noche, de regreso al silencio y la tranquilidad de la casa, retoman el librito. No pueden abandonar las páginas. Cinco minutos más y ya son las tres de la mañana. Bajo el calor del verano, preparan una limonada y se sientan en el patio con Alfonso Reyes. “No cabe duda: de niño, / a mí me seguía el sol. / Andaba detrás de mí / como perrito faldero; / despeinado y dulce, / claro y amarillo: / ese sol con sueño / que sigue a los niños.” Cuando están muy metidos en “El retrato de Dorian Grey”, cometen la máxima prueba del lector voraz. Para aprovechar cada segundo de la vida, entran al sanitario y se disponen a leer. Unos momentos de intimidad absoluta: el libro, el lector y la taza del baño. El trono del rey y William Shakespeare. El trono de la reina y las obras completas de Oliverio Girondo, algún libro del Marqués de Sade y quince revistas “Hola”.

¿Qué se siente andar por las calles con Remedios La Bella y Frankenstein? Los lectores también toman los espacios públicos para leer. Los hemos visto, como en otro mundo, en los parques y en las bancas de las plazas. La mirada perdida entre las líneas, viajando en los autobuses, los vagones del metro, los transportes públicos, los aviones. Esperando en los hospitales, la fila del banco, las áreas de descanso de los centros comerciales, los cafés.

Cuando es imposible dejar la historia en suspenso, cualquier lugar cumple con el requisito. Por principio y finalmente, los libros viven y perviven en el lector. El país de los libros está en las manos, los ojos y el corazón de los lectores. Un país hermoso, por supuesto.

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