¿Y la cuatro?

10 Jul

Casi nadie los recuerda. Dicen que parecían fantasmas de faroles amarillos, abrazados en la noche, cruzando la avenida solitaria de una ciudad cualquiera.

Ella deseaba –se supone- internarse más en lo oscuro. Él tal vez deseaba lo mismo. Había opciones para ambos, aunque de él hay pocas noticias.

De ella, se sabía que.

Uno. Podía despedirse sin agitar el pañuelo siquiera.

Dos. Podía soltar a la lluvia –a él- una frase amable y decir adiós.

Tres. Podía invitarlo a subir al taxi, abrirle la bragueta en el asiento trasero, edificar con la derecha lo que más tarde edificaría en su vientre, llegar a casa, saltarle encima sobre la mesa del comedor, sobre las sábanas sin luz, crear su boca en intervalos, encriptarle los labios, humidificar sus párpados, quitarle la camisa con los dientes, con las yemas de los dedos rozar su pecho, hacer cosquillas en su cuello con las alas, morder su cuello, enrojecerlo, amoratar su cuello, contarle las costillas con los meñiques, sobrevolar la espalda desconocida, por conocer, con la punta de la nariz, las mejillas cálidas, rozarla con la tela de su blusa, ir a su oído y danzar palabras frescas, recién nacidas, susurrar frases a destajo, justas a tiempo, regresar a su boca líquida, inventar cada uno de los dedos de sus manos, alargando pausas, instantes, desabrocharle el pantalón, abandonándolo a la sombra, macerar la piel que cubre los huesos de su cadera, allanar de nuevo su boca líquida, en zoom y slow motion, lamer su boca líquida, iluminarle los hombros con los ojos redondos de deseo, luego correr y recorrer con la lengua su pecho, su abdomen, su ombligo, su pubis, hasta llegar a su sexo, conocer los contornos, memorizarlos, congelar sus márgenes en imagen fotográfica, recibirlo primero con una boca imaginada, luego con los labios, pasear la lengua una y otra y otra vez por su sexo, sin mediciones de tiempo, su sexo, permanecer, concéntrica, espiral, definitivamente en su sexo para, mucho después, mañana, morderle los muslos, escuchar los latidos de su corazón en la esquina de sus muslos y mojarlos con saliva, adherirse a sus corvas, escarchar las pantorrillas, resbalar por sus pies, quitar el cansancio de sus pies, luego, ella podría procurarle su cuerpo, sin rodeos, sin premura, mar sin redes, en la cama amanecida y, entonces, podría suceder que, desnudos, al fin, se enredaran la muerte bajo la…

Sin embargo, ella decidió, antes que todo y nada.

Dos. Soltar a la lluvia –a él- una frase amable, subirse al taxi sola y decir adiós.

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