Esmalte rojo

17 Jul

Durante muchos años, tuve una costumbre horrible. Me apenaba y me causaba dolor, pero no podía dejarla. Más que un mal hábito, era una adicción; más que una adicción, era una patología. Me mordía las uñas. En la mañana, en la tarde y en la noche. Sola o acompañada. Mordía mis uñas para calmar mi ansiedad. En cualquier sitio: escuela, trabajo, fiestas y reuniones. Mordía mis uñas para hacerme daño. Mis dedos estaban chatos, llenos de pequeñas heridas y cicatrices viejas.

Una tarde, Alejandro llegó con dos regalos. Me dio un grabado con el detalle de las manos de “La creación de Adán”, de Miguel Ángel. Me dijo que también traía un regalo para mi mano derecha. Yo quise enterrarme como tortuga en el jardín, para que no viera mis uñas de mujer caníbal. Extendí mi mano y me puso un anillo de plata bellísimo. Me contó historias de su infancia. Antes de quedarnos dormidos, me dijo de memoria ese poema de Cortázar que empieza así: “Mira, no pido mucho, solamente tu mano, tenerla como un sapito que duerme así contento…” Desde entonces, como por acto de magia o como milagro de los dioses, dejé mis uñas por la paz.

Ayer, un hombre me estuvo mirando. Yo trabajaba en mi laptop, aprovechando la señal gratuita de Internet. Accidentalmente tiré el café sobre la mesa y vino Abraham, el mesero, para ayudarme con el desastre. Me ataqué de risa. Las carcajadas son la respuesta natural a mis tragedias cotidianas. Me burlé de mí antes de que otros pudieran hacerlo. Con cierta intención malvada, Abraham me dijo que el peor accidente que había sucedido en el restaurante fue un incendio provocado por una niñita.

Cuando mi mesa volvió a la normalidad, el hombre voyeur me preguntó si podía sentarse conmigo. Hablamos de tonterías. Pedimos crepas dulces. Por un momento, pensé que Abraham era novio de mi invitado. Los meseros no hacen bromas respecto a la ropa interior de los clientes.

Al final de la charla, mi voyeur me dijo que no podía entender la causa por las cuales una persona se muerde las uñas, refiriéndose al mesero que tenía las manos horribles. Me fui a casa, un poco ansiosa. Recordé a Alejandro que ahora vive en Francia, con su mujer y sus dos hijos. Busqué el grabado y el anillo entre mis cajones. Seguramente los perdí en alguna de las mudanzas.

Ahora me estoy pintando las uñas de color rojo.

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