Cosméticos del demonio

26 Ago

En la mañana, frente al espejo, recordé la primera vez que usé maquillaje en mi vida.

Era 26 de agosto. Yo tenía trece años. Me había llegado la menstruación un año antes, en medio de un bosque, en medio de una lluvia torrencial. No traía toallas sanitarias. Un drama total.

El maldito día de los cosméticos íbamos a la fiesta de quince de una prima. Una señora muy guapa fue a peinar y maquillar a mi madre a la casa. De esas señoras cincuentonas que usan collares, pulseras y anillos de oro. Traía un vestido entallado de colores extravagantes. Me hizo una trenza que terminaba en pelo suelto.

Rogué a mi madre para que también a mi me maquillaran. Un maqullaje ligero. Luego de varios minutos de chantajes y berrinches, fui pintada sutilmente, con destellos plateados. Finalmente, a pesar de la ligereza, me sentía como una payasa de Halloween.

Nomás entrar al salón empezó mi tragedia. Granos, granitos, granotes. Primero en la cara, luego en todo el cuerpo. Mis primos se reían. Todos los invitados a la fiesta fueron a ver. Inspeccionaron. ¡Una ambulancia! ¡Se le va a tapar la tráquea! ¡Urgencias! ¡Un médico, por favor! Yo, abajo de todas las voces, sin oxígeno. Llorando y maullando y arañando sin parar.

Mi trenza se deshizo en la camilla. El doctor me regañó por maquillarme siendo tan joven. La juventud. Qué puto asco.

Ahora sólo uso Mary Kay.

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