Archivo | octubre, 2013

Jaulas

27 Oct

De todas las formas que hemos inventado para maltratar animales, tener aves enjauladas me parece una de las más crueles. Nos importa un carajo la vida: hay que atrapar, que no se vaya, me pertenece, nunca me abandones. 

Nos alegra el canto de las aves encerradas. Quién sabe de dónde nos brota el sadismo y si tiene fin y si nos interesa que termine.

Mi vecino tiene un ave atrapada. Pensé que era un loro. Se escuchaba un canto muy claro por las mañanas y por las tardes. El canto salía de la casa. Desde hace unas semanas, el vecino saca la jaula al jardín. Finalmente vi que era una ninfa de color blanco. Tiene una cresta amarilla que hace más bello su plumaje. La jaula es hermosa y está pintada de color ocre. El color ocre me trae recuerdos de óxido, de cosas antiguas, de sangre y ojos llorosos. 

La ninfa no tiene espacio. ¿Qué es una jaula? ¿Dónde está el árbol? ¿Cómo se llega al cielo? 

Yo ya estaría picoteando el acero para salirme. Aunque me destruyera el pico.P refiero morir antes que estar encerrada. Me he destruido antes y lo hago todavía, a cada segundo. Muchas veces enjaulé lo que debería andar volando…

Quisiera cruzar la calle ahora mismo. Entrar al jardín. Abrir la puertecilla de la jaula.

Tal vez otro domingo que haya más sol y que no esté a punto de caer una tormenta.

Anuncios

El mismo

26 Oct

Ya no me acuerdo si me dijeron que la escalera me llevaría al cielo o al infierno. En la puerta me dieron las instrucciones pero, como siempre, olvido lo más importante.

El amor usa máscaras distintas. La voz metálica. Las manos cuadradas llenas de pintura. El cabello largo. Los pies morenos. Las gafas oscuras. La biblioteca desordenada. Siempre un hombre inesperado. Siempre el amor con sus engaños, las promesas y el rastro de sangre.

Peldaño a peldaño, voy pensando lo que me espera al final. En la base de la escalera, allá abajo, a lo lejos, ahora veo la ropa que he ido quitándome. Y un montón de piel. Y los músculos. Y todos mis huesos. Y los zapatos rojos.

A punto de llegar a la cima de la escalera, percibo el olor de un hombre. Otro. Es decir, el mismo.

Huesos rotos

26 Oct

Vivo encerrada en una jaula pequeña.

No puedo estirar los pies ni las manos. Aquí no hay lugar ni para levantar la cabeza. Corre un poco de aire, por lo menos.

Los barrotes de acero han lastimado mi piel. Algunos de mis huesos están rotos. Hace muchos años que no siento el dolor.

Hablo. Veo. Escucho. Afuera es otra cosa. Yo no puedo salir.

Y si pudiera salir, no sabría qué hacer.

Estufitas no sabemos

24 Oct

Me platicaban el caso de un tipo que se cogió a su estufita eléctrica. Creo que salió en uno de esos programas gringos con historias increíbles.

El tipo estaba de día de campo con su novia. Cogieron en el río, en los árboles, en la tienda de campaña y en cada lascivo rincón de la naturaleza. Entonces vieron la estufita a la que le faltaba una perilla. La novia -excitada, borracha y drogada- le pidió al tipo que metiera el pene en el orificio para satisfacer una fantasía memorable.

El tipo se dejó arrastrar por la emoción. El agujero era lindo y se veía tan cachondo. El orificio era sensual. De hecho, era insoportablemente sexy. ¡Qué lúbrico! ¡Qué sensación líquida! ¡Qué fácil es caer en las redes del amor y la pasión! No pudo más. Unió su cuerpo al cuerpo de la estufita eléctrica y todo fue maravilloso hasta que, por desgracia, se le atoró el pene. Forcejearon. Nada. Jabón. Nada. Grasa. Nada. Aceite. Nada. El tipo mejor se fumó un cigarro.

Terminó en la Sala de Emergencias del hospital más cercano. Los médicos se sorprendieron: jamás había llegado un caso similar. La hinchazón, el color, la forma de aquello. Y todo por amor.

Llamaron al Jefe del Servicio de Mantenimiento. Quizá podría liberar el pene cortando el metal de la hermosa estufita con alguna herramienta. Cuando el Jefe inspeccionó la zona, se negó a cooperar. Nomás alcanzó a dar tres pasos para alejarse de la camilla y cayó al suelo, desmayado por la impresión.

Los médicos llamaron a los bomberos. Llegó uno muy joven, con su casco y su traje de color rojo. Revisó el pene atrapado. Se puso pálido, sudó como nunca y admitió que no podría ayudarlos.

Finalmente llamaron a un urólogo. Pidió dos angiocatéteres Calibre 14. Metió las agujas en el extremo del pene para extraer toda la sange y bajar la hinchazón. Fue la única manera de separar a la romántica pareja.

El médico fue por los papeles para darle la salida del hospital. Cuando regresó, el tipo ya no estaba. Había abandonado a la sexy estufita eléctrica sobre la camilla…

De dónde viene: un libro guapo y erudito

21 Oct

Cuando era niña destrocé una enciclopedia. Por alguna razón misteriosa, nací con una propensión natural hacia las palabras, el lenguaje, los libros, la literatura. Siempre me ha parecido extraña la vocación con la que nace cada persona y la forma en la que vamos buscando nuestro grupo, nuestro clan, hasta sentirnos en casa, con nuestros iguales.

Teníamos una enciclopedia Larousse, en tres tomos, de pastas duras. Recuerdo que me causaba mucha curiosidad saber el significado de las palabras. Me pasaba mucho tiempo con el dedito sobre las hojas. ¿Qué significa “almíbar”? ¿Qué quiere decir “adular”? ¿Qué significa “lobotomía”?

Si la memoria no me falla, esa enciclopedia llegó a casa caminando. En Monterrey se han perdido muchas costumbres. Una de ellas, la visita de las húngaras que leen la mano y, otra, la venta de libros casa por casa. Pasaban los vendedores de libros y ofrecían materiales de lectura en la comodidad del hogar.

Mis padres compraron la Larousse y fueron pagándola semanalmente. En este momento, agradezco infinitamente al vendedor que llevó la enciclopedia a casa. Hizo que mi vida tuviera mucho sentido.

Una tarde, mi abuelo llamó a casa. Empezó a decirme cosas lindas y yo, con la soberbia de niña de ocho años, le dije “Abuelo, muchas gracias, pero no me gustan las adulaciones ni las zalamerías”. Soltó una risa tierna y luego me dijo que era yo muy simpática. A decir verdad, me gustaría tener una nieta que me mandara un mensaje al celular usando las palabras “mapamundi”, “grosella”, “diabólico”.

A mí me gusta rayar los libros, poner caras felices, emoticones, anuncios, corazones, citas, flechas, nombres de otros libros y de otros autores, ideas sueltas. La enciclopedia de pastas rojas terminó destrozada. A veces regreso y observo las marcas en mi vieja Larousse. Me gusta observar la manera en la que me he ido apropiado del lenguaje.

Cuando hablo de lenguaje no solamente me refiero al lenguaje que está encerrado en los libros, sino al lenguaje vivo que anda pululando en el aire. Recordé un texto de Nicolás Buenaventura, un cuentacuentos colombiano, acerca de la importancia de la oralidad.

En África existen casi mil lenguas. La gente se reúne a charlar y contar historias. En las aldeas, contar anécdotas tiene la misma importancia que hacer pan y hacer casas. “Quizá en África la gran mayoría no sabe leer ni escribir, pero cada vez que un viejo se muere es una biblioteca que se incendia. Allí donde lo escrito no existe, el hombre es su palabra”, nos dice el cuentacuentos.

La cultura escrita tiene un valor indiscutible, pero también defiendo la cultura oral, esa forma de comunicarnos cotidianamente, con dichos, refranes, regionalismos y todo palabra que salga de la boca por su propio pie.

El lenguaje es nuestro hábitat natural. Me gusta pensar que somos peces y que nadamos en el mar de las palabras. El cardumen se mueve, las palabras se mueven también. ¿Desde dónde viene un vocablo? ¿Por cuántas bocas, cuántos cuerpos y cuántos corazones ha pasado la palabra “amor”? 

¿Cómo fue la primera vez que una persona se comunicó con otra mediante una palabra? ¿Qué cara de asombro puso el interlocutor ante la sorpresa? ¿Cuál fue la primera palabra pronunciada en la historia de la humanidad?

Recuerdo a Neruda y su pasión enloquecida, cuando dice Amo tanto las palabras. Las inesperadas. Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen. Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío. Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito. Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas. Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto.

La lectura de De dónde viene. El lado oscuro de las palabras me hizo pensar mucho. Los libros que me gustan son los que me provocan inquietud, los que me llevan a otros libros, a las enciclopedias, a Google, a Wikipedia. Los que me llevan a otras personas, al diálogo, a la charla, la conversación. Comunicarnos es lo único que no podemos dejar de hacer mientras estamos vivos. Aún en silencio decimos. Aún dormidos comunicamos.

La gracia del ser humano es la inteligencia y, por la inteligencia inventamos el lenguaje. Dice Freire que necesitamos confiar en nuestro lenguaje, amarlo, porque el lenguaje somos nosotros, el lenguaje soy yo, el lenguaje eres tú. Somos nuestras palabras. ¿Cómo no amarlas? Hago público mi juramento y los invito a hacerlo conmigo: ¡Palabras, yo prometo serles fiel, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad y amarlas y respetarlas todos los días de mi vida!

Recordemos que el lenguaje también es un instrumento de poder. Quien no tiene la palabra, no tiene nada. En ese sentido es importante insistir en las campañas de alfabetización y todo lo relacionado con ese instrumento básico de la educación y la cultura.

De dónde viene. El lado oscuro de las palabras , de Arturo Ortega Morán, es un libro guapo y erudito. Contiene sesenta artículos breves, de extensión máxima de tres cuartillas, en los que Arturo, de manera divertida, nos va contando algunos de sus hallazgos lingüísticos.¡Arturo escribe cuentos acerca de las palabras, con palabras!

Es un libro perfecto para leer en el café, en el jardín, en el metro, en la sala de espera. Creo que les gustará a los niños que ya andan metiendo las narices en las enciclopedias, a los chicos que quieren saber mucho para conquistar chicas, a los maestros, a las madres de familia, a los profesionistas y hasta a los astronautas. Es un libro excelente para leer de manera episódica, si no tenemos muchísimo tiempo. Podemos dejar el libro en la mesa y compartir el gozo que produce su lectura.

Las historias que encontré en el libro me parecen asombrosas. En uno de los artículos, Arturo nos explica todo lo relacionado con los insultos. Ya podremos saber qué quieren decir cuando nos dicen “pelafustán” o cuando decimos “estúpido”.

En otro texto, descubrí algo fascinante de la triste canción “Las Golondrinas”, que encierra un acróstico sumamente romántico. Me encantó conocer historias de la palabra “húngara” y de todo lo relacionado con el cosmos.

Confieso que cuando las húngaras pasaban por la casa y pedían monedas a cambio de leer la mano, yo me quedaba maravillada. Quería irme con ellas a recorrer el mundo, con faldas largas, arracadas de oro y peinados extravagantes. De alguna manera, lo hice, gracias a los viajes que he hecho leyendo.

Me caí del sillón cuando se me develó un secreto: el vocablo “mascotas”, en su origen, estaba relacionado con hechicerías, amuletos y supersticiones. Pensándolo bien, este día de brujas llevaré a mis perros a La Petaca -ese lugar de brujas y hechiceras en Linares, Nuevo León- para que nos hagan una limpia con huevos de gallina negra y ramas de pirul.

El libro cierra con un artículo que contiene una pregunta extraordinaria: ¿De dónde viene la palabra “pregunta”? Para mi sorpresa, la raíz etimológica viene desde hace muchos milenios y desde algún rincón de Europa y Asia. “Pregunta”, nos dice Arturo, probablemente viene de “kent”, una voz primigenia que expresaba la “acción de herir a un animal o a un semejante con una lanza”. Qué salvaje me sentiré de ahora en adelante cuando le pregunte a mi novio, cariñosamente ¿Me amas?

Hay muchas historias más, pero debo concluir mis comentarios. Todos los días me pregunto si vale la pena leer y promover el acto lector. Y todos los días me respondo que vale la pena porque el pensamiento, el lenguaje, los libros, la inteligencia, la belleza y la armonía son bienes culturales que nos pertenecen a todos.

Por lo anterior, recomiendo ampliamente la lectura de De dónde viene. El lado oscuro de las palabras. Celebro el acierto de Editorial Algarabía por publicar un libro que nos alienta a encontrar la belleza y la riqueza del lenguaje, a hacernos preguntas, a ponerle más atención a las palabras que nos construyen.

Agradezco a Arturo Ortega Morán su invitación a presentar este libro. Y, para terminar, a todos ustedes, los invito, los incito, los induzco, los exhorto, los aguijoneo, los muevo, les ruego, les pido, les suplico, les demando, los empujó y los instigo a que lo disfruten tanto como yo. Tal vez, en la siguiente reunión, podrán sacarse de la manga una frase dominguera que les otorgue cinco minutos de fama…

:::::::::::::

Texto leído en la XXIII Feria Internacional del Libro Monterrey 2013, el domingo 20 de octubre, durante la presentación de De dónde viene. El lado oscuro de las palabras, de Arturo Ortega Morán, publicado por Editorial Algarabía.

La Guarida de las Lechuzas: un libro que sí

21 Oct

Los libros se dividen entre los que sí y los que no.

Los libros que no son los que aburren, adormecen y terminan en el rincón más tenebroso del librero, colgando de una telaraña, bajo la fina capa de polvo.

Los libros que sí son los que seducen, atrapan, envuelven y confrontan. Historias que me sacan de mi vida cotidiana y me instalan en una casa nueva, ilusoria, breve, ficticia pero muchas veces más real que la casa en la que habito.

La literatura no es realidad, sino el sueño del soñador que transforma las frases en ensoñaciones, dice Beatriz Espejo.

La Guarida de las Lechuzas, de Antonio Ramos, es un libro que sí.

Nomás leyendo el inicio de esta novela, me arrellané en mi sillón y me perdí entre las líneas, los cuartos y los habitantes de la casa nueva.

La puerta de entrada me sitúo en el barrio de David, el protagonista, un chico de catorce años que estudia el tercer grado de la secundaria. ¿Qué hay en ese mundo, qué preocupa a David, dónde pone su alegría, su miedo, su esperanza?

Mediante avanzaba en la lectura, poco a poco, los recuerdos de mi infancia y mi adolescencia empezaron a llegar como regalos, entre las letras y las páginas. Algunos amigos que ya se han perdido en el tiempo llegaron a mí en forma de sueño.

La literatura que sí, la que me gusta, es la que me hace sentir más viva mi vida, la que me aplasta, la que me obliga al silencio, la que me revela emociones desconocidas, la que me ayuda a entender a los otros, la que me permite encontrar hallazgos en el reflejo de sus historias.

Me hizo recordar una pelea de niñas en sexto año de primaria. María y Lety: guerra de piedras. María fea, grotesca, pelo quemado. María mala, burlona, sucia, grosera, apestosa. Lety bonita, delicada, cabello largo, lacio y perfumado. Lety amable, carismática, popular, inteligente y muy querida. La banda de las feas guarritas contra la banda de las bonitas brillantes. Piedras volando como si fueran pájaros en el patio de la escuela. Yo nomás mirando, de lejos, sin tomar partido; de haber participado en la guerra, ahora estaría contando un descalabro.

También recordé un miedo viejo: enfrentarme a la vida, a la intensidad de la vida. Admito que el miedo ha estado presente siempre, como la sombra que hace el sol a mediodía, pero más intensamente durante mi adolescencia . El crecimiento doloroso: los pelos, la primera sangre, los huesos estirándose adentro de mi cuerpo, los músculos y las heridas, el desconsuelo, la incertidumbre, la soledad.

Cuando fui a la secundaria, la risa era una escapatoria. Risa para todo: el gordo, la muchacha que huele a sobaco, el tonto, la que se la pasa imitando cantantes, el maestro que habla chistoso, el muchacho que se quedó chaparro para siempre, la chica llena de acné. Incluso, risa para el loco esquizofrénico, risa para la que se embarazó a los catorce y risa para el que ya no regresó porque la cocaína lo había secuestrado.

Una vez, una compañera fingió tropezarse para arruinar una extraordinaria maqueta del aparato reproductor masculino. El equipo A se había esmerado en su trabajo. Sin embargo, la líder del Equipo A era una mustia a la que ningún otro equipo quería. Entonces, como por arte de magia, mi compañera se resbaló accidentalmente, desparramando unas papitas con salsa y una bolsa de coca cola sobre la obra de arte.

En la novela, encontré un sistema de relaciones muy parecido al que yo viví en los ochenta, muy moderno y muy hostil. Un sistema de relaciones sin mucha diferencia al que se vive en cualquier secundaria del país el día de hoy: burlas, humillaciones, pruebas de lealtad, amenazas y bromas pesadas. También encontré redes sociales y usuarios expertos de las nuevas tecnologías, nativos de la era digital. Los chismes corren rápido: la comunicación es inmediata.

Hace apenas unas cuantas semanas, se hizo viral en el país y más allá de nuestras fronteras un video en el que Idalia Hernández, maestra de la clase de Recursos Humanos en el CBTis 103, en Ciudad Madero, Tamaulipas, reprendió a su alumna Marina por haberla insultado en una red social. La maestra preparó una lección inolvidable para la estudiante. Grabó en video un regaño en el que le pide a Marina que se disculpe por haberla llamado “puta” en Twitter; de pasada, también regañó a Grimaldo. ¿Por qué lo compartiste, Grimaldo; por qué le diste like? ¿Acaso te pareció muy gracioso?

El protagonista quiere formar parte de algún grupo, cueste lo que cueste. Acerca de la soledad, dijo David, un poco triste: “Aunque tenía amigos, solos, siempre estamos solos”. Más tarde, reconoce el sentido de la identidad y la confirmación de la persona en la sociedad: “Sólo cuando estamos con otros somos alguien”.

¿Cómo espantar el vacío, cómo integrarse al mundo? No hay otra manera: cediendo, complaciendo a los demás. Todos quieren cosas de David: todo el mundo le extiende solicitudes y obligaciones. Los padres piden. La escuela pide. Los amigos piden. La chica que le gusta pide. Hay prisa por crecer, por tener aceptación, por alcanzar la popularidad, por conocer el amor. Todo es urgente y todo es para ayer.

En la realidad, como en la ficción, somos capaces de cualquier cosa con tal de formar parte. En la infancia y la adolescencia entramos al juego de las competencias para que nos acepten. Entrenamiento, golpear, patear, pruebas de valentía. Me temo que no cambia mucho cuando nos hacemos adultos. Una carrera universitaria, una maestría, un doctorado, los viajes, un coche, una casa, el matrimonio, los hijos, los nietos, los bisnietos…

Me gusta la gente nocturna y sus murciélagos. Bien lo dicen Los Tucanes de Tijuana, cito: Y a mí me gusta vivir de noche. Y mí me encanta la desvelada. A mí me gusta vivir de noche. Yo soy un hijo de la madrugada. Fin de cita.

Encontré un tema de fondo en toda la novela. En La Guarida de las Lechuzas la noche es otro de los personajes. Uno de los mejores amigos de David es Ulises, El Vampiro, un chico con una enfermedad que le impide estar en contacto con la luz solar.

El Vampiro, que vive en un sótano, protegido de los rayos, incluso de los que entran por la ventana, observa la vida con un catalejo. Recordé a Neruda: “La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. También recordé a Lope de Vega: “Noche fabricadora de embelecos, loca, imaginativa, quimerista”.

Me complace que los lectores encontremos personajes lectores en las páginas del libro, que tengamos diálogos, con encuentros y desencuentros.

Recomienda Paulo Freire que no nos limitemos solamente a la lectura de la palabra, a la lectura del texto, sino que nos atrevamos a defender la lectura como un acto integral: lectura de contextos y, en tres palabras, lectura del mundo.

En La Guarida de las Lechuzas habitan jóvenes que leen. Conocen a Roald Dahl, Michael Ende y Julio Verne. Qué lujo encontrar libros adentro de los libros. Fue como jugar con matroskas y, adentro de la mastroska más pequeña, me encontré a mí, leyendo una novela en la que me cuentan historias de chicos que son lectores de novelas.

Aunque esta obra me despertó muchas inquietudes más, concluyo ahora mis comentarios con una frase que me parece subversiva y de caracter rebelde. A mí no me agradan mucho las cosas que le gustan a los demás, dice David.

A mí tampoco me gusta todo. Prefiero buscar, elegir, indagar, seleccionar, decidir. Me hace feliz hacerme preguntas y estoy convencida de que esa capacidad se potencializa cuando estamos cerca de la literatura, cuando nos atrevemos a construirnos mediante las historias y las palabras, cuando somos capaces de explorar nuestro espacio íntimo.

Para finalizar, celebro la acertada decisión de Editorial El Naranjo por la publicación de esta novela. Agradezco a Antonio Ramos por su amistad, por invitarme a presentar este nuevo libro y, sobre todo, por regalarnos una obra inteligente orientada a público juvenil inteligente.

Y, a todos ustedes, recomiendo ampliamente la lectura de La Guarida de las Lechuzas, un libro que sí.

:::::::::::

Texto leído en la XXIII Feria Internacional del Libro Monterrey 2013, el domingo 20 de octubre, durante la presentación de La Guarida de las Lechuzas, de Antonio Ramos, publicado por Ediciones El Naranjo.Guarida de las lechuzas

Bebé que llora

21 Oct

El maestro ya está viejo. Toda la vida dando clases. Polvo de gis en los pulmones. Garganta destrozada. Ojos débiles. No quiere jubilarse. Menos ahora por lo que sucedió.

¿Qué haría por las mañanas? ¿Cómo acostumbrarse al silencio? 

Camina con lentitud, tiene una joroba, callos en las manos, arrugas marcadas, tristeza.

Su hijo de cuarenta años había caído en una depresión profunda. No sabía ayudarlo. Cada martes lo llevaba al psiquiatra, casi cargándolo, como si el hijo fuera nuevamente un bebé.

El bebé no come, el bebé no ríe, el bebé no juega. El bebé está abandonándose.

El último martes de la visita al psiquiatra, el maestro manejaba el coche y escuchaba canciones antiguas. El bebé iba en el asiento de atrás, sin ver, sin hablar, sin escuchar: un bulto negro y frío.

Cuando el semáforo cambió a verde, el bebé despertó. Abrió la puerta del coche, corrió entre los vehículos en movimiento, atravesó calles y calles y calles. Subió corriendo por las escaleras de un puente peatonal. Se lanzó.

El maestro no quiere jubilarse. Sus ojos de ausencia recorren los pasillos de la escuela y todo el tiempo escucha a un bebé que llora.