Bebé que llora

21 Oct

El maestro ya está viejo. Toda la vida dando clases. Polvo de gis en los pulmones. Garganta destrozada. Ojos débiles. No quiere jubilarse. Menos ahora por lo que sucedió.

¿Qué haría por las mañanas? ¿Cómo acostumbrarse al silencio? 

Camina con lentitud, tiene una joroba, callos en las manos, arrugas marcadas, tristeza.

Su hijo de cuarenta años había caído en una depresión profunda. No sabía ayudarlo. Cada martes lo llevaba al psiquiatra, casi cargándolo, como si el hijo fuera nuevamente un bebé.

El bebé no come, el bebé no ríe, el bebé no juega. El bebé está abandonándose.

El último martes de la visita al psiquiatra, el maestro manejaba el coche y escuchaba canciones antiguas. El bebé iba en el asiento de atrás, sin ver, sin hablar, sin escuchar: un bulto negro y frío.

Cuando el semáforo cambió a verde, el bebé despertó. Abrió la puerta del coche, corrió entre los vehículos en movimiento, atravesó calles y calles y calles. Subió corriendo por las escaleras de un puente peatonal. Se lanzó.

El maestro no quiere jubilarse. Sus ojos de ausencia recorren los pasillos de la escuela y todo el tiempo escucha a un bebé que llora.

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