Enero y el hastío

7 Ene

Todo me aburre demasiado pronto.

Yo creo que aprendí a aburrirme durante los nueves meses de vida uterina. En la placenta todos somos unos viles parásitos. Qué asco y qué maravilloso. Vivir adentro de una mujer no es lo más satisfactorio que pude haber experimentado al inicio de mi vida.

Para entrar a la vida, me hubiera gustado cabalgar un pura sangre negro, saltar de un avión en paracaídas, bailar samba en una calle de Río de Janeiro o coger con un amante de esos irrepetibles. Los amantes de esos irrepetibles no me aburren. Qué sé yo.

Cuando era niña, brincaba de emoción ante la promesa de algún paseo y, en el paseo, a los noventa segundos, me aburría y tenía la urgencia de irme a otro lado. Los niños y sus juegos producían un agotamiento total en mi entusiasmo. 

Kierkegaard dijo que fue por aburrimiento que el mundo se fue llenando. Como Dios vivía hastiado en la perfección, inventó a Adán, a Eva, al árbol y a mi hermana la serpiente. El aburrimiento es muy jodido pero puede dar motivo para la creación. Pensándolo bien, qué poco creativo fue Dios si solamente pudo crear esta miseria que somos.

La otra noche me pasé la vida entera en la cocina. Había esperado ese momento con antelación, con mucha energía y mucha alharaca y, a la media hora, ya estaba aburrida. Cuando estuvo la cena servida, no pude probar bocado: me cargaba una indiferencia pantagruélica.

También me aburre la gente. No toda la gente, por supuesto; pero la mayoría. Me sitúo en una nube de apatía frente a sus cosas triviales, las mismas quejas de toda su pinche vida, las perspectivas limitadas, las solicitudes y las exigencias, la seducción y sus mentiras, la simulación y las poses, sus expectativas; nunca llenan, siempre quieren más, cuando normalmente no dan nada. 

Las mujeres me aburren cuando sólo hablan de un solo tema, cuando no se cuestionan nada de lo que hacen, cuando son como borregas, igual que todas, igual que todas, igual que todas. Me causa prurito el vestido blanco, el apellido de casada, la camioneta de señora y el esposo futbolero. No lo resisto. Podría enfermarme.

Qué cansancio con cierta gente. Tuve una suegra que me aburría tanto que una vez me quedé dormida escuchándola. La Señora Hipocondría: estaba enferma de todo. Su enfermedad mayor fue su hijo, me di cuenta más tarde.

Mi tedio también se presenta con ciertas actividades laborales: la oficina, los conmutadores con musiquita triste, los catálogos de zapatos y calzones, los jefes idiotas, los compañeros estúpidos, los Tupperware y los microondas.

Qué fastidio con las rutinas, pasar por las mismas calles, comer alimentos con la misma sazón, vestirse con los mismos colores, usar un corte de pelo toda la vida. No sé.

Es puto lunes y hace frío. Ya me aburrí también de escribir esto y me aburrí de mí. Pesadez. Sopor. Enero. Hastío.

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