Soltar el odio

17 Feb

Hoy salí de la casa muy temprano. En el mundo todavía era de noche.

Salté de la cama. Rasguñé el piso y me torcí el pie. Café y pan. Baño de cinco minutos. Gotas de agua escurren de mi cuello hacia los pezones. Adentro de la prisa por salir a tiempo, una leve sensación orgásmica. La felicidad, un instante.

La oscuridad de las seis de la mañana es la boca del lobo. La luz mercurial alumbra los árboles con ternura. De tanto silencio, parece que las aves están muertas. En el transporte público la gente es un montón de cuerpos amontonados. ¿Nadie respira?

Sin pensar en nada, sin palabras aún en la cabeza, sin vivir del todo, me doy cuenta.

Me doy cuenta de los odios que viven en mí. Quisiera soltarlos en el bosque como si fueran animales salvajes. Que sean libres y hermosos y perfectos, allá, lejos, en el bosque. Necesito una estratagia. Tengo que ir al bosque. Tengo que soltar los odios. Tengo que regresar aliviada.

Estoy en el bosque. Suelto los odios. Regreso aliviada.

Los trayectos en la ciudad.

El día comienza. Ligereza.

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