Cansada de llorar

18 Feb

Había llorado mucho. No lo suficiente.

Me fui a leer a un café. Antes podíamos fumar y ser felices y ver a través de los cristales. Fumar es morirse lentamente. ¿Quién dice que no es placentero administrarse un poco de muerte? Pregúntame. Estaba destrozada. No aprendo a administrar el dolor ante las separaciones. No sé dónde leí algo como “Nada me atrapa porque todo me atrapa”.

Leí varias horas. Seis, siete, ocho. Blanca, la mesera que siempre me atiende, me dio paracetamol e ibuprofeno que traía en su bolsa. Me preguntó por él. Le expliqué lo que había pasado. 

Cuando llegué a la casa me di cuenta de que había perdido la cartera. La cartera me la había regalado el hombre por el que había estado llorando. En la cartera estaban nuestras últimas fotografías. Un viaje y una cabina en la central de autobuses. Varias promesas. También estaban mis identificaciones. Y unos cuarzos que guardaba celosamente desde 1996. Y mi cédula profesional. Y el dinero con el que iba a vivir los siguientes tres meses. 

Llegué a casa y lloré otros mil años. Por el hombre y por todo lo demás que había perdido. Nada detenía el llanto. El mar era poco. Luego me cansé de llorar. Y ya.

Silencio. Algunas sonrisas. 

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