Peor que la caca

25 Feb

Toda la vida he usado el transporte colectivo. Me ha tocado presenciar y ser parte de muchas historias.

Niños vomitando, parejas peleándose o besándose o casi cogiéndose, borrachos tirados, machos arrimándome el pene erecto, señoritas maquillándose dormidas, muertos vivientes rumbo a sus oficinas, gente fumando tabaco y mariguana, adictos al reggaeton a todo volumen, señores que venden hasta el alma, músicos de la calle y del cielo.

También he estado en peligro. Fui de mosca mil veces: colgada en las puertas, casi volando. Una vez me quedé atrapada entre las putas puertas. Mi mitad derecha adentro y mi mitad izquierda afuera, cargando cincuenta libros en un dedo. Por fortuna, no me han asaltado. Ya es ventaja.

¿La peor experiencia en el colectivo? Ver una caca humana en el pasillo: una caca descomunal, inmensa, grotesca, pantagruélica. Alguien no llegó al sanitario y se cagó en el piso del camión. Jamás he podido borrar la imagen de mi cabeza. Ni la memoria del olor.

¿Cuánto he pagado por estos espectáculos? Nunca ha sido gratuito. Ahora con la Tarjeta Feria, ese sistema de pago anticipado al servicio de transporte público, pago los eventos por adelantado. 

Me subí al camión en Guadalupe. Mi boleto incluyó evangelización. Un orador, traje oscuro perfectamente limpio y planchado, daba un discurso religioso a los pasajeros.

¡Dios te ama aunque seas malvado!. Ahorita se calla el orador, pide una cooperación voluntaria y se baja. También los creyentes se contentan fácil con el dinero. ¡Dios te ama y te acepta aunque seas un pecador! Cada dos minutos se renovaba mi ilusión de que terminara su discurso. Me iba enojando lentamente. ¿Mi respeto? Se me estaba olvidando esa palabra.

El camión recorría otro larguísimo kilómetro y el tipo no cerraba la boca. ¡Los homosexuales y las lesbianas no son hijos ni hijas de Dios y no son parte de su reino! Un muchachito bien bonita que iba en el primer asiento mejor se puso sus audífonos. 

Mis impulsos de bruja asesina devorafanáticosreligiosos iban despertando: crecían mis garras, me salía el veneno, se afilaban mis colmillos. ¡Las mujeres, completamente mujeres, deben atender su casa, sus hijos y a su marido! Yo quería arrancarle la lengua y hacerlo pedazos. ¡Las mujeres, completamente mujeres, deben ser como María. Primero vírgenes y luego señoras! Los hombres, completamente hombres, son el pilar de nuestra sociedad! 

Soy intolerante, soy una basura, soy un asco. Mi deseo fue que al chofer también se lo llevara el diablo. Pasaron casi cuarenta minutos de trayecto y el sagrado hijo de Dios nunca dejó de decir pendejadas. Yo me bajé en Constitución y Juárez. El Ruta 223 siguió su camino a la gloria.

El pinche orador cabrón resultó peor que la caca.

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Una respuesta to “Peor que la caca”

  1. Grace 21 marzo, 2014 a 2:27 am #

    Me atrapas!

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