¡Casarse es para pendejos!

30 Mar

Cuando era niña, me asustaban los retratos de las bodas. Estaban colgados en la pared de la sala de la abuela. Tía de blanco con su esposo. Tío de negro con su esposa. Tía de blanco con su esposo. Así once veces. Once retratos. Once bodas. Once hijos.

Miraba los rostros. Los ojos eran falsos. Los novios parecían irreales, como de películas antiguas. Las pestañas casi se podían tocar y contar. Muchos años después, le pagué a un retratista viejito para que me explicara, con teoría y práctica, el proceso de retoque a mano de las fotografías.

Los retratos de las bodas me asustaban porque yo no quería casarme jamás. No quería ponerme un vestido blanco y tener una cara como de mentiras. Además, tenía una idea en la cabeza, gracias a Héctor.

Una vez fuimos a la casa de unos primos de mis padres. Eran doctores y tenían muchos vinilos que me llamaban la atención. En casa no había música clásica; con los primos había de sobra. Me enamoré de un joven estudiante de medicina que estaba en la reunión: el primo del primo del primo de mi madre. Yo tenía doce años. Héctor tenía la voz ronca, los ojos verdes y veintitantos.

Todos en la fiesta se rieron cuando dijo que casarse era para pendejos. Parece que estaban de acuerdo con su chiste. Después agregó que los retratos de bodas colgados en la pared eran lo mismo que las cabezas de animales disecados que coleccionaban los cazadores.

Durante mucho tiempo asocié al matrimonio con la cacería: algo cruel, horrible, inhumano. Ahora entiendo que no estaba muy equivocada.

Después de muchos años, el martes me encontré a Héctor en el Toks de Garza Sada. Jugaba con un bebé en el área de los niños. El bebé que traía en los brazos es uno de sus nietos. Me contó que ha tenido cinco hijos en seis matrimonios. Hablamos de la familia. No estaba enterado de la muerte de mi tío Toño. También me dijo que yo era muy parecida a mi abuela. Me preguntó que si me había casado. Le dije: “¿Qué te pasa, Héctor, casarme yo? ¡Casarse es para pendejos!” Soltó una carcajada y me dio un abrazo muy extraño.

Regresé a mi mesa con Alejandro. Seguimos platicando de literatura, cine europeo y música barroca toda la tarde. Al día siguiente amanecimos abrazados. Felizmente solteros.

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