¿Tú conoces el mar?

4 Abr

La avenida apenas se alumbraba con unos cuantos rayos de luz. Más dormida que despierta, hice la parada al colectivo. ¡Lo juro! El conductor se parecía a Ramón López Velarde. Era igualito. Idéntico. El mismo arco de las cejas, el mismo corte de pelo, la misma profundidad en la mirada.

Coloqué la tarjeta Feria en el lector digital y no funcionó. Me entretuve pasando la tarjeta tres, cinco, ocho veces. Yo lo que quería era hablar con Ramón. Decirle ¡Te amo! ¡Qué extraña forma de conocerte!

Ramón veía, con encanto e incredulidad, mi rostro casi iluminado. Supongo que nadie lo reconocía a las cinco y cuarenta de la mañana. O qué sé yo. Uno nunca sabe lo que sucede en la mente de un poeta.

Justo cuando pasó la tarjeta, iba a decirle ¡Besáme, Ramón, soy Fuensanta!

Un chico me empujó y tuve que tomar asiento. Todo el camino me fui guiñándole el ojo y mandándole besos por el retrovisor a Ramón. Un hombre con el semblante más nostálgico de la historia.

Cuando tocó mi turno para bajar, un montón de gente se atravesó entre Ramón y yo. La prisa del día impidió que nos saludáramos. Solamente escuché que me dijo algo acerca de las lágrimas del mar. 

Bajé del colectivo. Me quedé inmóvil en la banqueta durante algunos minutos hasta que el sol de abril empezó a quemarme…

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