La ciudad y la guerra

7 Abr

La tarde se puso hermosa. Apenas el sol se ocultó tras la montaña y la luz ambarina iluminaba la ciudad. El viento apareció de pronto, como una cortina de seda cayéndome desde lo alto. Un instante de felicidad. La frescura en el rostro, entre las manos, alrededor del cuello, me hizo sentir alegre y ligera.

Por la avenida de enfrente circulaba un convoy de militares. No todo es como uno lo desea. En ocasiones, los momentos perfectos tienen una mancha oscura por dentro.

Volteé hacia arriba. Intenté guardarme en los ojos todas las nubes rojas y blancas. Cinco segundos en los que desaparecí. No tuve más tiempo. Las dos balas entraron por mi cabeza. Mi último recuerdo es la luna menguante del mes de abril. Aquí no hay ningún dios, por fortuna. Aquí sólo existe la belleza infinita de la espera y el silencio.

Yo me morí mirando el cielo.

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