Hablar de niños

30 Abr

La infancia no siempre es un paraíso.

No he podido olvidar un caso terrible que me contaron hace unos días. Una niña de ocho años tiene bajo rendimiento escolar y depresión porque su hermana mayor -de apenas doce años- se suicidó ante el divorcio de sus padres. ¡Depresión y suicidio infantil! Antes veíamos estas noticias en la televisión y sucedían muy lejos de nosotros; ahora suceden cada vez más cerca.

Creo que yo fui afortunada, con todo y el jodido mundo que me tocó. ¿Se acuerdan de la época en la que encontrábamos dedos y orejas en las botellas de Coca Cola? ¿No? ¡Son unos bebés de amor! Yo tenía miedo al pasar por el laboratorio de biología y ver los frascos con fetos de gatitos flotando en un líquido ambarino. No me gustan los fetos porque parecen aliens… pero todos fuimos fetos. Hay algo horrible ahí.

Parece un buen momento para sacar los traumas de la infancia. Las historias del primer beso. Los dientes. Las peleas. Las historias relacionadas con Dios. Los hermanos. La incontinencia urinaria. Los días con los abuelos. Recordar es vivir y tenemos derecho a la nostalgia.

Yo me pregunto ¿cómo nace el asco?, ¿cómo se produce la sensación de la náusea? A mí me daba asco ver los pescados y los camarones y tomar leche. Todavía. Anoche recordé que una vez me dejaron cuidando a un bebé por un rato, media hora que me pareció un millón de milenios. La madre, una vecina gorda y fea, tenía que ir a la tienda y me confió a su bebé. Ya tenía un año o qué se yo, ya gateaba y caminaba. Hasta la fecha soy incapaz de calcular la edad de los niños; para mí todos tienen seis meses. El bebé se hizo cacota en su pañalote asquerosote y el olor era insoportable y me vomité tres horas. Yo creo que por eso no tengo hijitos. Porque no me gusta la caca ajena.

Hablar de niños es hablar de cacas y pedos, mocos, cerilla, costras, hemorragias, vómitos, reflujos, ombligos tiernos, molleras. No me gustan los cordones umbilicales pero son muy necesarios, por lo visto; tanto como los preservativos, el DIU, los espermaticidas y los anticonceptivos en general.

En los ochenta, los niños no soñábamos con ser militares ni sicarios. Jugábamos en la calle. No estábamos atrapados en la tecnología. Respirábamos menos polvos contaminantes. Quizá comíamos mejor. Tampoco vivíamos tan deprimidos y la estadística dice que había menos suicidios. Pobres güercos. Qué mundo tan peligroso estamos haciendo…

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