Besos de mercurio

12 May

La vecina de mi abuela me quería para su hijo desde que éramos niños.

El día que cumplí nueve años, Estela llegó con un pastel, un xilofonito y un perro de papel maché. Me dijo “Ojalá que te cases con Nono; está contento contigo, mija; me gustaría ser tu suegra algún día”.

Nono era un niñito moreno, pequeño, de ojos enormes. ¡Yo estaba loca por Nono! Me molestaba, me pegaba y me hacía enojar pero también me quería y nos divertíamos.

Una tarde nos subimos al sauce y empezó a llover. Nono se deslizó por las ramas como serpiente y yo me quedé paralizada; se echó en la hamaca, vivió a carcajada abierta hasta que se cansó de mis alaridos y me ayudó a bajar. Otra vez nos metimos al cuarto de herramientas del abuelo y nos dimos muchos besos; tuvimos ganas de comernos una gota de mercurio como prueba de nuestro amor y amistad; por fortuna, no lo hicimos y, en cambio, nos tatuamos las muñecas con una ficha y un alfiler.

Nono se fue con su familia a Tampico y pasaron diez años antes de verlo de nuevo. Yo estaba haciendo fila para pagar en la Universidad cuando un muchacho monstruoso, enorme, siete veces más grande que yo pasó a la ventanilla siguiente: los mismos ojos hermosos. Disimulé y me fui.

El viernes fui a visitar a la abuela. Recogí las hojas, regué las macetas, limpié la tumba, me senté encima y miré los árboles que estaban ahí desde antes de que yo naciera. Pensaba en que los muertos son buenos compañeros para los árboles. Imaginé a mis abuelos entre las hojas que me daban sombra.

“Carito, Carito, mija, ¿eres tú?”, una voz familiar me llamaba desde el otro pasillo. ¡Era Estela! Su familia descansa muy cerca de mi familia y también fue a visitarlos por el 10 de mayo. Platicamos, nos pusimos al día y nos reímos de algunos recuerdos.

Un coche negro se estacionó enfrente. ¡Era Nono! Se me cayó la maceta, se me soltaron los globos, me puse del color del sol y se me olvidaron todas las palabras del diccionario. ¡El hombre más hermoso del mundo! Doña Estela desapareció.

Nono y yo nos fuimos caminando desde el Panteón Jardín hasta lo que queda de la casa de la abuela en la Colonia Buenos Aires. Estuvimos hablando frente al sauce llorón que ya no está.

Tuvimos ganas de un par de gotas de mercurio…

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